PASIONES DE BIBLIÓFILO. JUAN MELÉNDEZ VALDÉS EN TIEMPOS DE OSCURIDAD

«Todas las penas
–escribió
Isak Dinesen (1885-1962)– pueden ser soportadas si se meten en una historia o cuentas una historia
acerca de ellas» [Ehrengard (1962),
trad. de Javier Marías, Barcelona: Bruguera, 1984, pp. 12-13).
Hannah
Arendt (1906-1975), por su parte, dedicó a Dinesen algunas páginas de su ensayo
Hombres en tiempos de oscuridad
(1968). Los tiempos de oscuridad y las historias, los relatos, las narraciones,
y la luminosidad. Yo trato de entrever la luz en medio de esta noche pandémica,
de su tenebrosidad y lobreguez, y el modo en que lo cuento, o así pruebo a
hacerlo, es a través de escritores de la Ilustración y algunos de sus libros.
Este es el caso de los
Discursos forenses (Madrid: En la Imprenta Real,
1821), del
poeta y jurista Juan Meléndez Valdés (1754-1817). Rescatarlo de mi
biblioteca me ha procurado albor y dicha.

La
lectura posible de los
Discursos, como a buen entendedor le alcanza con sólo lo
expresado en la fecha de su impresión, demoró hasta llegado el Trienio liberal.
Los quehaceres de Meléndez Valdés
reunidos en esta edición en –¡oh,
pequeños libros!; cuánto es que os debemos, pequeños libros
abarcan los años 1789 a 1802, y acomodan sus ilustradas
reflexiones en relación al ejercicio de la acusación fiscal en cinco causas
variopintas
–parricidio alevoso, muerte violenta, comercio
incestuoso, robo a imagen religiosa, abigeato– seguidas de dos discursos –sobre
prohibición de venta de jácaras y romances vulgares, por cuya lectura
personalmente tenía especial interés– sumado a otro dispuesto para el día de la
instalación y apertura de la Audiencia de Extremadura –que es de una lucidez
fuera del común respecto a la formación de un código civil y también del cuerpo
criminal– y dos dictámenes fiscales –uno relativo a haberse suscitado desórdenes
con ocasión de lucir algunas mozas como atuendo «basquiñas moradas», y otro
sobre ejecutoria en pleito de esponsales– finalizando el conjunto con el
titulado por los editores como ‘Fragmentos de un discurso
sobre la mendiguez’.
 
 

No dudo que la mera enunciación de tales contenidos –de fuerte tintura jurídica–
acaso conduzca camino del exilio a no pocos lectores. En tal caso, creo que
habrían errado en valorar la apariencia y de allí vagarían por sendas que, a su
fin, no les traerían tanto provecho como de no haberse apartado del camino
principal, incluso si tan aparentemente jurídico. Porque no hay página,
cualquiera fuere el asunto a que se sujete, donde no dejara Meléndez Valdés un
punto brillante para ganancia de lectores juristas y de quienes no lo fueran.
Esta es una de las ventajas más llamativas de leer a ilustrados, como
Jovellanos, Cabarrús, Campomanes, Martínez Marina o también el mismo Meléndez
Valdés.

E insistiendo en lo anterior, permítaseme ahora, y así les solicito me
concedan tal licencia, que en esta obra enfatice aquellos atributos ideológica
y profesionalmente más cercanos a mi condición de jurista. Los hallo por
doquier y respecto a la tarea de quienes se embargan en funciones
jurisdiccionales, de una manera muy inaugural ya en el caso de la acusación
seguida contra un tal Marcelo por ‘muerte violenta’ de su esposa, uno éste–como
más arriba ya dejé apuntado– entre los primeros discursos forenses recogidos en esta primera edición de 1821.
Un mar de vacilaciones sobre las circunstancias modificativas responsabilidad
penal que convierten a la narrativa judicial de esta acusación y la figura del
fiscal en el proceso como defensor de la Ley –»Abogado de la Ley, y órgano
continuo de sus decretos invariable» (p. 67), era el dictum forense aquellos días– en un memorable ejemplo de su
infrecuencia. Más deslucida me resultó la diatriba que nuestro autor procura
para jácaras y romances vulgares, producto de un evidente –y hasta axiomático,
diría yo– prejuicio que sin apocamiento alguno en cuanto a preferencias las
decanta por la poesía ‘culta’, sin conceder declaración mejorable o más mínimo
reconocimiento hacia la poesía ‘popular’.

Y de ahí en adelante iré a lo que más en profundo me conmueve de sus
iluminadores puntos de vista acerca de la formación jurídica en su época
suministrada por Universidades, sobre principios de elaboración de textos
legislativos y, finalmente, en torno a una ilustrativa fábula de la Ley.
Dispensen, también, si los pasajes elegidos son espaciosos, porque a pesar de
ello estorban.

Leo: «Hubo un tempo en que la ciencia del Magistrado se creía reducida
entre nosotros a los estrechos límites de distribuir la justicia privada,
lanzar á una familia, y autorizar á otra e una posesión, ó castigar el robo y
el homicidio sin indagar ss causas, ni buscarles en la política un remedio
seguro para en adelante precaverlos. Las ciencias que hoy conocemos, la legislación,
el derecho público, la moral, la economía civil, ó no había por desgracia nacido,
o estaban en su infancia censuradas y aun mal vistas, cultivadas por pocos y sobre
principios insuficientes. Las Universidades, el taller de la Magistratura con
los vicios de su ancianidad, adictas religiosamente á las leyes Romanas y á la
parte escolástica de estas mismas leyes, criaban por desgracia una juventud,
que entre mucho de gritos y sofismas se envanecía contenta en la estrecha
esfera de conocimientos estériles que en sus aulas se adquirían, y encanecía en
la toga sin salir, si me es dado decirlo, de los primeros elementos de la
verdadera Jurisprudencia» (p. 235-236). Tenía, pues, Meléndez Valdés una clara
percepción de la necesidad de proyectar políticas legislativas de prevención
criminal, que deberían conjugar con reformas del método y sistema iuspedagógico
porque competía a ‘las Universidades, el taller de la Magistratura’ –qué
bellísima imaginación de lo que debió acontecer, y ni hoy en día ha sucedido–
la misión de fundamental de esclarecer el cometido de concepto –»la verdadera
Jurisprudencia»–  al formar con nuevo
método y sistema igualmente nuevos juristas.

Y van ahora glosas sobre principios de Ciencia Legislativa, que han de
principiar con siquiera una breve acotación acerca del entonces presente estado
de nuestros monumentos legislativos. Meléndez escribe: «Abramos sino nuestros
códigos, y hallaremos a cada paso palpable esta verdad. Resoluciones de jurisconsultos
Romanos, ó rescriptos privados de sus Emperadores, leyes del siglo XIII, del
XIV, y lo que mas es hasta de la rudez primera de nuestra ilustre Monarquía,
sabias y acertadas entonces para nuestros padres, sencillos cuanto poco cultos,
pero insuficientes o dañosas á nuevos vicios y necesidades nuevas, que nos
cercan y asaltan por todas partes, rigen cada día nuestras mas solemnes
acciones, y decides pos desgracia de nuestra suerte y libertad» (pp. 253-254). E
insistiendo, también aquí: «Nuestros códigos son un arsenal donde todos hallan
armas acomodadas á su deseo y pretensiones: son como las armerías de los Reyes,
donde las piezas raras, llenas de orín y polvo de los siglos más distantes,
están unidas y se tocan; encierran leyes contra leyes, otras si objeto
determinado, leyes inútiles, insuficientes, enmendadas, suplidas, olvidadas;
todo, menos unidad y sistema; todo, meno principios y miras generales. El mal
no se conoce por inveterado y común; el cuerpo político abunda de códigos y
leyes acinadas, y cada día promulga leyes nuevas. Así anhela el hidrópico por
el licor que le mata, y aumenta los ardores de su sed con el agua misma con que
intenta apagarla» (pp. 261-262).

En cuanto a materia de contratos, tutelas testamentos, donaciones, etc.
queda dicho la mayor parte de la ansiada muda del utillaje entre los juristas que
abogan en causas civiles, la necesidad urgente de innovar que desprenden estas
líneas: «Casos en lugar de principios, raciocinios falsos autorizados como
dogmas legales, opiniones particulares erigidas malamente en leyes, doctores y
pragmáticos en contradicción, y el enredo y el litigio burlándose á su sombra
de la sencilla buena fe con descarada impunidad» (p. 257, ampliable todo lo
incluido en la nota a, p. 259).

Pero el Meléndez Valdés de alma jurídica más ardorosa y comprometida está,
sobre todo, en los exquisitos ropajes de que viste su visión en «la reforma
necesaria del Código criminal español» –»tan ardientemente deseada de los
Magistrados sabios como de los zelosos patriotas» (p. 257)– para defensa de
derechos individuales y de los del delincuente, con decidido rechazo a las
prácticas de la tortura como prueba judicial. Sus palabras son todavía
deslumbrantes: «Entre tanto jamás se aparte de nuestro corazón, viva y respire
con nosotros lo infinito que valen a los ojos de la razón y de la ley la vida,
e honor, la libertad de ciudadano; y que para preservar mejor estos preciosos
dones, con que le enriqueciera su Hacedor, vino y dobló gustoso la cerviz á la
imperiosa sociedad, mas sin por esto abandonar del todo ni cederle sin reserva
sus imprescriptibles derechos: que no toda acción mala es luego delincuentes:
que el hombre en no turbando el orden público con sus acciones ó palabras no
está en ellas sujeto a la inspección severa de la ley: que esta y el Magistrado
deben ser iguales é impasibles: que se degradan torpemente buscando el delito
por aminos torcidos: que la sorda delación envilece las almas, y quiebra y
despedaza la unión social en su misma raíz: que toda pena superior en sus
golpes a la ofensa es una tiranía, y no dictada por la necesidad un atentado:
que para producir sus saludables frutos debe ser siempre pronta y análoga al
delito. Y si alguna vez viésemos que la ley se aparta por desgracia de estos
sagrados e invariables axiomas; si la viésemos en contradicción palpable con la
primera y más fuerte, la de la conservación individual, exigir imperiosa de la
boca del reo la confesión de sus yerros para llevarle por ella al cadalso,
obligándole así a profanar mintiendo el augusto nombre de su inefable Autor, o
a ser asesino de si propio; si la viésemos arrastrarle con una mano bárbara al
potro y a los cordeles, y arrancarle entre el grito del dolor más acerbo ylas
congojas de la muerte una confesión inútil […]; expongamos unidos y con fiel
reverencia a los pies del trono español nuestras dudas y observaciones;
consultemos, Señores, y clamemos al buen Rey que nos ha colocado en estas sillas,
y acaso será obra de la nueva Audiencia de Extremadura la reforma necesaria del
Código criminal español tan ardientemente deseada de los Magistrados sabios
como de los zelosos patriotas.» (pp. 255-257).

Y tanto o más hermosos las exhortaciones dirigidas a los Alcaldes del
Crimen, a quienes llama «Ministros del rigor y la clemencia”», así como los preciosos
consejos donde no desconoce ni relega la compasión
hacia el delincuente, y más si encarcelado: “unid en vuestros juicios la humanidad
á la justicia; cerrad los oídos á la delación, y con ella a las venganzas y la división
de las familias; que mejor, es cierto, dejar alguna ve un exceso olvidado, que
abrir a la calumnia esta terrible puerta, y envolver á un inocente en las dudas
crueles de un juicio, fatal siempre por sus vejaciones y amarguras; mirad como
propio el honor sagrado de las familias; ved que gobernáis un pueblo honrado y
generoso. ¡Ah! jamás infaméis ninguno de sus hijos, jamás uséis en él de esta
terrible pena. Velad como padres sobre los pobres presos; respetad mucho su
libertad, puesto que la ley olvida al inocente; ocupadlos en esas cárceles, y
les aliviaréis, distraída su imaginación asustada, gran parte de sus
penalidades; sed tan exactos, tan diligentes, tan compasivos con su miseria,
como la justicia desea, y clama la humanidad a las almas generosas […]; y
nunca, nunca os olvidéis al juzgar sus criminales extravíos, de que son
hermanos vuestros, de que son infelices, de que acaso una fatalidad desgraciada
los hizo delincuentes.” (pp. 267-268). De donde, es más pretérita de lo que
tantas veces se declara aquel mal asignado origen del humanitario lema odia el delito y compadece al delincuente.
[Véase mi trabajo «
Odia el delito, y compadece al delincuente (Memoria de
Correccionalismo, Antropología cultural
y Literatura popular)», en Elementos de Juicio. Temas constitucionales,
V, 17, 2011 (Bogotá D. C. Colombia), pp. 105-123. Asimismo, en mi libro El escudo de Perseo. La cultura literaria
del Derecho
, Granada: Comares, 2012, pp. 73-87].

Juan Meléndez Valdés (1797 date QS:P571,+1797-00-00T00:00:00Z/9), por Francisco de Goya
Y termino. Juan Meléndez Valdés regala en su mencionado Discurso
de 1791 con motivo de la erección de la nueva Audiencia de Extremadura una
sencilla y breve fábula, Fábula de la Ley
quisiera yo llamarla aquí, que bien aprovecha contra quienes se alzan cual «tirano
odioso en cada hombre», tratando de «doblar sus iguales á su injusta voluntad, sacrificados
á sus antojos o á sus desmedidos deseos». Dice:

«Entonces habló la ley por la primera vez alzándose como señora sobre todos;
y señalando á cada uno con el acuerdo más prudente el lugar que debiera llenar
en el cuerpo social, intimándole en él sus derechos y obligaciones, les dijo
con imperiosa voz:
«Tú mantendrás este lugar; mi brazo te protegerá; y al que asaltare tu
inocencia, castigaré severa con una pena igual á su delincuente transgresión:
la ofensa pública será la medida de mis crudos escarmientos, y con ello apagaré
en los corazones el fatal veneno de la pasión que los deprava.
»»

Fábula que no ahorra de amarga docit:
«Por desgracia no siempre usó la ley de este sagrado y purísimo lenguaje; y
obra del hombre y de sus escasas luces no siempre señaló con el dedo de la
incorruptible justicia los límites de su seguridad y libertad á cada ciudadano»
(pp. 251-252).

Y saben ya quienes entre mis lectores hubieren alcanzado estas últimas
líneas el porqué de mi alivio, y también de mi desahogo, en estos
tiempos
de oscuridad, merced a historias, relatos y narraciones. Y como yo trato de entrever –y así
dije al comienzo de estos párrafos apenas más que hilvanados– la
luz en medio de esta noche pandémica, de su tenebrosidad y lobreguez, y el modo
en que lo cuento, o así probé hasta aquí cuanto mejor supe y se me dio hacerlo,
buscando manera de valerme en la luminosidad de algunos de nuestros escritores
de la Ilustración y del fulgor que alumbra en sus libros.

J.
C. G.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Related stories