PASIONES DEL BIBLIÓFILO. Faltas y delitos en una biblioteca, o veinte años no son nada

Había
recién llegado a la Universidad de Málaga y todas las gestiones administrativas
importantes era necesario realizarlas en la Colonia de El Ejido, donde se
situaba el núcleo inaugural –y augural– de sus primeras Facultades. Tras una de
aquellas siempre enojosas tareas burocráticas caminaba de regreso al centro de
la ciudad cuando, descendiendo por Calle Peña, se abrió a mi paso un local de
enormes puertas de madera de comienzos del s. XX que de par en par dejaban ver
el interior convenientemente desorganizado a modo de almacén de carbón, muebles
usados, abarrotes de buhonería y demás ‘generales de la ley’ que hacen del azar
un conjunto tan desigual como uniforme. Sobre un muro apoyaban periódicos, revistas
y libros, sin más orden ni concierto que su mera y simple acumulación. Pregunté
si podía acercarme y observarlos. Era una mescolanza de celulosa amarilleada y
humedad a iguales partes, y varios libros con encuadernaciones en piel unos
menos mareados que otros. Casi todos de temática religiosa… Y, de pronto,
Joaquín Francisco Pachecho (1808-1865) en sus ‘Estudios de derecho
penal. Lecciones pronunciadas en el Ateneo de Madrid en
1839 y 1840’, primera edición, de 1842, en perfecto estado, con u exlibris muy
piadoso de uno de sus anteriores propietarios. La única ‘tara’ que presentaba
fue estar en ‘falta’ el tomo II, que definitivamente no apareció. Era el año
1986. En 2006 –
veinte años no son nada– lo hallé también
en Málaga, como ‘falto’ de igualmente primera edición de 1842, limpio como mi
tomo I.

 

 

Y esto, creo, enseña algo–al menos
a un bibliófilo de la índole de mis posibilidades económicas– que no es baladí:
l
os ‘faltos’ no
son faltas. El ejercicio de conservar obras o ediciones que por sus autores o características
tipográficas o su rareza, suele ser recompensado. Yo lo fui, ciertamente. El ‘delito’
en una biblioteca es obviar la esperanza y abandonar a su suerte esas obras o
ejemplares que han perdido a sus camaradas o cómplices.

También
forma parte de la tipología delictiva renunciar a esa recuperación siquiera parcial,
incluso cuando existe el pleno y profundo convencimiento de que jamás se
completará el rescate. Me sucedió hace apenas tres años, en una librería
anticuaria de la hermosa ciudad de Lecce, donde hallé, editado por el longevo criminólogo
Pietro Ellero (1833-1933), el t. I (1861) del Giornale per l’abolizione della pena di morte, publicado en Milano, en cuya dirección se comprometió por tres años.

La campaña
humanitaria de Ellero fue extraordinaria y tuvo en ella importantes colaboraciones
de juristas de su época. En España le brindó eco el liberal José Canalejas, que prologó la trad. de  Antonio Gómez Tortosa la Sobre la pena de muerte (Madrid: Imprenta de Domingo Blanco, 1907), y también Adolfo Posada, quien le tradujo en De la certidumbre de los juicios criminales o Tratado de la prueba en materia penal (Madrid: Revista de Legislación y Jurisprudencia, 1900).

Aquel tomo solitariamente único regresó conmigo y está en mi biblioteca.
Cuantas búsquedas de ofertas en mercado del libro de los tomos II y III han
sido infructuosas. Aventuro que no circulan en parte alguna encuadernación
separada de ellos. Conozco únicamente que en la Biblioteca Tucci de Nápoles
existe y es accesible un ejemplar conteniendo los tres años, recogido en un
único volumen. Pero yo hubiera cometido un delito imperdonable de haber
decidido abandonar el tomo I, imperdonable y nunca redimible.

 

 

Ignoro si estas acciones serán computables como
favorables en el Juicio Final que, como todos Vds. saben, reserva una sala
especial para los amantes, incluidos los de libros.

J. C. G.

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