PASIONES DEL BIBLIÓFILO. Salustio, Cicerón y un traductor ‘cura-barbero’ avant la lettre

No es éste que hoy traigo una rareza
bibliográfica, al menos por el número de ejemplares conservados que registra el
Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español. Sí es cierto que se
trata de la primera impresión de la obra, pues la Imprenta Real saco otra el
año1796. Como también lo es que la solvencia de sus traductores es definitiva. Manuel
Sueyro (Emanuel Sueyro), que floreció a principios del s. XVII, nació en
Amberes, de ilustres padres hispanoportugueses, fue apreciado por Nicolas Antonio
en su Biblioteca Española y que murió en Bruselas el año 1639, elaboró su
traducción en aquella ciudad el año 1615 [En Anuers: en casa de Iuan
Keerberghio, 1615 (typis G. Wolsschati, & H. Aertsi)], fecha en que ya
había vertido al castellano obras de Cayo Cornelio Tácito [En Anuers : en casa
de los Herederos de Pedro Bellero] y, algo más adelante, de Veleyo Paterculo.

En cuanto a las cuatro elegantísimas oraciones
que pronunció Cicerón contra
Catilina, pertenecen al
Dr. Andres de Laguna (1499-1559), natural de
Segovia, médico del emperador Carlos V y del Pontífice Julio III, las tradujo
tras la muerte de éste, fechándolas en la villa de Amberes a los veinte y
cuatro de abril de 1557.

Siempre he mantenido que las traducciones
no se producen en el vacío. La del Dr. Laguna tiene de fondo el humo y ruido de
la historia contemporánea: las entreguerras del Emperador con Francisco I de Francia,
o así me lo parece.

Pero todavía deseo destacar otra circunstancia,
valiosa al menos para mí. La ‘Nuncupatoria’ –vocablo hoy casi perdido, con algún
uso todavía en Derecho, que significa la carta o alegato con que dedicó su obra
al Señor Francisco de Eraso, secretario del Consejo de su Majestad del Señor Felipe
II­– escrita por el galeno en la fecha mencionada tampoco es ajena a la
ideología literaria de su tiempo, que no era sino la prevención erasmista –exacerbada
entre los émulos hispanos– frente a todos los venenos de la ficción y sus dañinas
infecciones. Y ello lo expresaba así: “no se leerían hoy en tan grande brevedad
de la vida, tantos Esplandianes, tantos Gayferos, ni tantos Amadises de Gaula,
con tanto estrago del tiempo, y con tanta ruina y destrucción de claros
ingenios; que pudiéndose ocupar en lecciones pías o sagradas, o en historias
verdaderas y llenas de doctrina y singulares exemplos, se consumen en ficciones,
mentiras, burlas y vanidades; de las cuales á la fin no saca el lector otra
cosa sino dolor y arrepentimiento de haber empleado tan mal sus horas” (p. 269).

 

No arriesgaré en afirmar
que en algún momento Cervantes pudo este fragmento, bien que tampoco sería
tanto el riesgo aventurado. Sólo una firme convicción me alcanza sin estrechez: un
cura y un barbero pueden hallar cabida, juntos y/o por separado, en el cuerpo y, sobre todo, el alma
de un traductor, incluso virtuoso.

J. C. G.

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AAB College enero 15, 2020 Responder

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